Futuro incierto: ¿se jubilarán quienes trabajan hoy?

Domingo 26 de julio de 2015 | Publicado en edición impresa

Cerca de los efectos del envejecimiento poblacional, la Argentina tiene mucho que cambiar hoy para poder pagar prestaciones mañana

Por Silvia Stang  | LA NACION

A sus 35 años, Eugenio Caldararo dice que espera no necesitar en el futuro de una jubilación para poder vivir; la expectativa de este profesional es contar para entonces con ahorros suficientes conseguidos durante su vida laboral. En una mirada sobre la sociedad, cree que lo ideal será un sistema que ofrezca una cobertura básica para todos.

La idea de que al llegar a la edad del retiro laboral no los esperará, como fruto de sus aportes, un ingreso mensual apto para mantener su nivel de vida está en el pensamiento de muchos trabajadores actuales.

En un país en el que es difícil pensarse en el corto plazo, con gobernantes que siembran temor al decir que si llegan otros no se respetarían derechos sociales, existen razones de fondo que sostienen la preocupación de los trabajadores.

Mientras que hoy hay seis personas en edad activa por cada adulto de 65 años o más, en 2050 habrá tres y en 2100, sólo dos. Y esas dos personas tendrán que sostener, con parte de los recursos generados por su trabajo, a una que -buena noticia, sin dudas- vivirá muy probablemente más años que los jubilados actuales. En ese escenario, la alta informalidad, además de ser un problema en sí mismo, frena las posibles y necesarias mejoras de productividad.

La distribución por rangos de edad que muestra hoy la población ubica al país en una etapa de “ventana” o “bono demográfico”. Con una participación del 10% de las personas mayores de 65 años sobre el total de habitantes -un índice que se duplicará hacia 2050-; una tasa de fecundidad en caída -la participación de los menores de 15 años no variará de aquí a 2100-, y la expectativa de vida en alza -hoy es de 75 años y será de 85 al final del siglo-, la Argentina está en la etapa previa a la signada por los costos asociados al envejecimiento poblacional.

El “bono”, que implica una condición demográfica favorable para crecer, terminará hacia 2035. Entonces se agravarán los problemas para financiar a los pasivos. Esto plantea, según un informe del Banco Mundial, un desafío urgente.

¿No falta mucho para eso? Hay al menos dos razones por las cuales la respuesta es no. Una es que a partir de entonces comenzarán a llegar a su edad de retiro quienes están hoy en sus 30 o sus 40 y tantos (como regla general, la edad para jubilarse es ahora de 60 años para las mujeres y de 65 para los varones) o, visto de otra manera, los nacidos entre 1970 y 1980 serán los adultos mayores de 2040 a 2060; la otra razón es que, si se pretende un sistema sostenible, lo que hay que hacer hay que hacerlo ya.

Y lo que se necesita, según coinciden los expertos, es un crecimiento significativo de los niveles de ahorro e inversión, un alza de la productividad y una reducción de la informalidad.

 

De alguna forma, el desafío es trasladar a la sociedad una idea que muchos tienen en lo personal. “Hoy la demografía plantea un desafío que se resume en la pregunta ¿qué debería hacer la Argentina para hacerse rica antes de hacerse vieja?”, dice el economista José María Fanelli, profesor de la Universidad de San Andrés.

El informe del Banco Mundial titulado Los años no vienen solos proyecta que, de mantenerse el statu quo, el gasto para cubrir las prestaciones jubilatorias, de salud y de educación pasará del 20 al 26,6% del PBI entre 2010 y 2050. ¿Qué hacer? Rafael Rofman, el especialista líder en Protección Social del mencionado organismo y uno de los autores del estudio, describe las salidas posibles con advertencias sobre sus efectos: “Cobrar más impuestos ayudaría en lo fiscal, pero hay límites porque se puede afectar la economía; limitar el aumento del gasto con la suba de la edad jubilatoria o la reducción de beneficios tendría un impacto negativo sobre el bienestar de la población y eso no es deseable; lograr un crecimiento sostenido para un mayor PBI per cápita permitiría que, aunque sean menos los que producen, haya más para repartir”.

El último punto supone el desafío de mejoras en la productividad, que entre otros factores depende de la educación y la inversión. El camino implica evitar la dependencia, ocurrida en los últimos años, de lo externo o coyuntural, como la variación de precios de las commodities.

¿Qué reparte hoy el sistema previsional? En los últimos años se elevó la tasa de cobertura y así, casi el 95% de la población mayor cobra un haber, según la Administración Nacional de la Seguridad Social (Anses).

En 2014, la seguridad social insumió $ 425.980 millones, un 38% de las erogaciones del Estado nacional -que hoy tiene un fuerte déficit-, según la Asociación Argentina de Presupuesto y Administración Financiera Pública (ASAP). El índice demuestra la magnitud del desafío de prever los ingresos para los pasivos y, a la vez, sostener las otras funciones del Estado.

Además de que su financiamiento no se previó para el largo plazo, un problema del índice de cobertura previsional es que se logró, según recuerda Rofman, con moratorias para quienes no hicieron aportes o los hicieron en cantidad insuficiente. Y al ser una medida con efecto temporal (sólo sirve a personas de hasta cierta edad, dado el período por el que se pueden declarar deudas) no soluciona el problema de una sociedad en la cual, si se considera a asalariados y cuentapropistas, el 46% de los trabajadores (según datos de la OIT) o el 49% (de acuerdo con la encuesta de deuda social de la Universidad Católica Argentina) no hace aportes.

Esa enorme deficiencia -vinculada a la precariedad laboral y que demuestra que de no haber cambios, la cobertura volverá a caer- desafía la necesidad de una mayor productividad, es decir, de elevar el valor de los bienes y servicios surgidos del trabajo de cada uno para así recaudar más, ya sea por aportes y contribuciones o por impuestos generales, las dos fuentes de recursos de las que dependen las jubilaciones. “En Taiwán hubo un alza de la productividad entre generaciones de 5 veces; acá, en los próximos 30 años podría crecer entre 50 y 60%”, advierte Fanelli. Un estudio del Ieral muestra que entre 2011 y 2014, con el empleo estancado en la actividad privada, la productividad se redujo a razón de 0,9% por año.

Y mientras que la tasa de inversión en el país no llega a 20% del PBI, Fanelli señala que países que atravesaron mejor su transición demográfica llegaron a más de 30%. “Esta es una etapa en que se necesita ahorrar mucho y hoy eso no ocurre”, dice. Y advierte sobre la necesidad de que los recursos vayan a inversión. “Porque se puede ahorrar y que eso no vaya a lo productivo; a nuestro país le pasa que tiene medio PBI en el exterior, y por eso, a los desafíos pendientes hay que agregar el de garantizar la seguridad jurídica”, agrega.

PRODUCIR MÁS, TRABAJAR MÁS

Así como las edades de ingreso y egreso del mercado laboral influyen para determinar la necesidad de recursos, poder contar con más trabajadores mejoraría la ecuación. “Entre las medidas posibles para abordar el desafío de la sostenibilidad están el aumento de las tasas de actividad (porcentaje de personas que trabajan o buscan hacerlo, sobre la población total) y de empleo, especialmente entre las mujeres y los jóvenes”, dice Fabián Repetto, director del Programa de Protección Social de Cippec, quien agrega que también podría promoverse un alza de la población en edad de trabajar por flujos inmigratorios.

Actualmente, la participación de los jóvenes de entre 25 y 29 años no sólo es más baja aquí que en un grupo de países desarrollados como Estados Unidos, Alemania o España, sino que, además, la tasa cayó de 79,8 a 77,5% entre 2004 y 2014, según un informe basado en datos del Indec y de la OIT hecho por los economistas del Ieral Marcelo Capello, Gerardo García Oro y Laura Caullo.

En cuanto a la participación de las mujeres en el trabajo, la tasa, de 37,1%, es baja en relación con países como Estados Unidos (44,6%) o Brasil (44,1 por ciento).

¿Y qué pasa con los cambios en el propio sistema jubilatorio?

Una reforma “clásica”, fuente de protestas en varias latitudes, es la suba de la edad jubilatoria. Para Rofman, lo ideal es ser flexibles y lograr el efecto positivo (para las cuentas de un país) derivado de una salida más tardía de la actividad laboral, pero sin imposiciones. “Si se obliga hay efectos negativos; quien por ahí iba a retrasar un poco su retiro, ante la incertidumbre se va en cuanto puede, y el efecto puede ser inverso al buscado”, define. La recomendación es que existan incentivos para que las personas trabajen más tiempo, elevando el nivel de las prestaciones cuanto más años con aportes se logren sumar.

“Deberemos repensar la jubilación como un ingreso universal para los adultos mayores, financiado con recursos fiscales y complementado con sistemas de ahorro privado”, dice el economista Eduardo Levy Yeyati, director de la consultora Elypsis, en línea con lo que muchos trabajadores actuales creen para su futuro.

Promover el ahorro de quienes tienen cierto nivel de ingresos aliviaría el efecto fiscal. Dicho sea de paso, la solución al problema de doble índole (económica y fiscal) que trae el envejecimiento no se resuelve en la antinomia “capitalización o reparto”. “El tema es qué decide hacer la sociedad para pagar; en Chile el Estado se pudo correr de una parte, pero se hizo cargo del resto”, describe Rofman.

Fruto no de una estrategia, sino de la eliminación del sistema de capitalización, la Anses tiene un fondo de garantía cuyas inversiones valen algo más que el pago anual de las prestaciones. Pero la sostenibilidad del sistema no depende de eso, sino del flujo de ingresos y del número de pasivos con los que se está y se estará obligado. El uso de ese fondo está previsto para un déficit temporal, pero su composición hace dudar de la efectividad: “En su mayoría es deuda pública, que podría netearse de modo de reducir el coeficiente de endeudamiento -opina Levy Yeyati-. El resto de los activos podría integrarse al Tesoro, tal vez en el marco de un fondo anticíclico que aísle el gasto social de vaivenes fiscales”.

A sus 45 años, Lucas Nemesio, empresario bodeguero, admite que no piensa en su jubilación. “Creo que es como una caja de Pandora que abriremos en su momento”, dice.

Entretanto, los expertos insisten en que los datos avisan… Y a un país, la sorpresa no se le debería permitir.

EL TEMA EN PRIMERA PERSONA

Eugenio Caldararo

Profesión: contador

Edad: 35 años

“Espero tener ahorros para no necesitar la jubilación. Creo que lo ideal sería un piso que cubra lo básico y que quien trabaja bien ahorre”

Carla Bertolozzi

Profesión: empleada

Edad: 37 años

“La expectativa es estar igual o peor a lo que vive mi madre hoy. Por suerte tiene hijas que la ayudan. Espero que cambiemos para soñar algo mejor”

Fernando Silva

Profesión: Licenciado en Administración

Edad: 43 años

“Con la ley actual, la jubilacion es un impuesto mas. No se consideran los mejores años de salario sino los ultimos diez. Hay que modificar la ley”

Dolores Roccasalvo

Profesión: fotógrafa

Edad: 36 años

“Que en menos de 25 años se estructure un sistema de reparto justo y acorde con la situación, requiere un gran compromiso”

Agustín Meilan

Profesión: abogado

Edad: 38 años

“Nada hace pensar que las cosas serán distintas; con esfuerzo personal habrá que suplir la ineficiencia estatal”

Lucas Nemesio

Profesión: bodeguero

Edad: 45 años

“Ni siquiera pienso en ello. Personalmente creo que mi jubilación será fruto de la renta e inversión privada durante mis años activos”.

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Hillary Clinton delata la agenda oculta del nuevo orden mundial

Un incómodo manto de silencio se ha extendido sobre las sorprendentes palabras de Hillary Clinton. Quizá la dama ha hablado más de lo conveniente

 

http://www.religionenlibertad.com/hillary-clinton-delata-la-agenda-oculta-del-nuevo-orden-mundial-43963.htm

José Javier Esparza

Los culturales profundamente arraigados, las creencias religiosas y las fobias estructurales han de modificarse. Los gobiernos deben emplear sus recursos coercitivos para redefinir los dogmas religiosos tradicionales”. Estas palabras de Hillary Clinton, pronunciadas públicamente y sin tapujos en un simposio pro abortista, han dejado a más de uno con la boca abierta. ¿Reformar coercitivamente las religiones? ¿Dónde queda entonces la libertad religiosa? ¿Modificar las identidades culturales? ¿Dónde queda entonces la libertad, simplemente, de existir? Semejantes intenciones, en boca nada menos que de la principal candidata demócrata a la presidencia de los Estados Unidos, deberían haber abierto un fuerte debate. No ha sido así. Muy significativamente, los principales medios de comunicación en todo occidente han preferido silenciar el asunto. Revelador.

Además: ¿Quién es Hillary Clinton?
¿Qué significa eso que ha dicho Hillary Clinton? Uno, que los “códigos culturales profundamente arraigados”, esto es, las identidades culturales tradicionales, son en realidad nidos de “fobias estructurales”, es decir, prejuicios que es justo y razonable eliminar. Dos, que dentro de esas “fobias estructurales” están “los dogmas religiosos tradicionales”. Tres, que los gobiernos, el poder público, están legitimados para utilizar su fuerza coercitiva contra los dogmas religiosos y las identidades culturales. Cuando se repara en que esa fuerza coercitiva es, en plata, el “monopolio legal de la violencia”, uno frunce inevitablemente el ceño en un gesto de preocupación. Cuando además se constata que las “fobias” y los “dogmas” son los principios tradicionales de la civilización occidental, es decir, la filosofía natural (por ejemplo, el derecho a la vida), entonces la preocupación asciende hasta la alarma. Lo que Hillary Clinton ha expresado es un proyecto político totalitario de ingeniería social y cultural. Ni más, ni menos.Ese proyecto ya está en marcha¿Sorprendente? En realidad, no tanto.

Además: Hillary Clinton agita las bases de la libertad de conciencia en los EEUU
Esos tópicos no son nuevos: circulan en la ideología moderna desde la revolución francesa. Por otro lado, guardan perfecta consonancia con lo que hemos venido viendo en occidente en los últimos veinticinco años, desde la caída del Muro de Berlín en 1989: los programas de ingeniería social de la ONU –con frecuencia avalados por los Estados Unidos-, las políticas abortistas y homosexualistas adoptadas por casi todos los países europeos y el desmantelamiento de las identidades étnicas en el espacio occidental. Hillary Clinton se ha limitado a hacer patente lo que ya estaba latente.

Estas palabras de Hillary Clinton han sido interpretadas en clave estrictamente norteamericana: son un proyecto de ingeniería social –más bien diríamos espiritual- en un país que se precia de haber nacido sobre la base de la libertad religiosa. Es cierto que, en el contexto norteamericano, semejantes ideas no dejan de ser una rectificación de la propia identidad fundacional del país, de manera que es comprensible el estupor de muchos. Sin embargo, los propósitos de Clinton forman parte de los temas habituales de la izquierda yanqui desde 1968. Por así decirlo, lo que hemos visto ahora es su “puesta de largo”, su transformación en programa político sin camuflajes.

Además: Clinton declara la guerra a la religión
Del mismo modo, muchos observadores han visto en estas declaraciones de Hillary Clinton una especie de declaración de guerra contra el cristianismo. Es también una perspectiva correcta, pero incompleta: la guerra no atañe sólo a las religiones tradicionales, sino que se extiende, como dice la propia señora Clinton, a los “códigos culturales arraigados”. Es decir que toda identidad cultural histórica, sean cuales fueren su espacio y naturaleza, deben también ser reformadas coercitivamente por el poder público. No es sólo la religión la que corre peligro; la amenaza se extiende a cualquier rasgo identitario que no encaje con el programa del “tiempo nuevo” marcado por la globalización y su potencia hegemónica, que son los Estados Unidos de América.

¿Y los europeos qué hacemos? En general, seguir la estela. Bien es cierto que el camino presenta complicaciones inesperadas y éstas han tardado poco en surgir. Es francamente difícil mantener la cohesión social en un contexto de desmantelamiento de los “códigos culturales profundamente arraigados”. A este respecto la experiencia francesa es sumamente interesante: desde los años 80, Francia ha vivido un proceso de construcción de una nueva identidad sobre la base de la llamada “identidad republicana” que, en la práctica, ha consistido en la destrucción de los referentes clásicos de la nación y su sustitución por dogmas nuevos. “Francia –decía De Gaulle- es una nación europea de raza blanca y religión cristiana”. Empezó a dejar de serlo muy poco después de la muerte del general.

El europeísmo se convirtió en una suerte de cosmopolitismo que veía a Francia como protagonista de un mundo sin fronteras, un mundo en el que la propia Europa no es otra cosa que una región privilegiada en el contexto global. Asimismo, cualquier factor de carácter étnico –racial, cultural, etc.- empezó a ser tabú en provecho de una sociedad de nuevo cuño edificada sobre la afluencia masiva de población extranjera. En cuanto a la religión, iba a ser sistemáticamente postergada en la estela de un laicismo radical que no ha amainado ni siquiera cuando Sarkozy, en San Juan de Letrán, descubrió ante Benedicto XVI los valores del “laicismo positivo”. El resultado ha sido una nación desarticulada en lo político, lo económico y lo social. El discurso oficial sigue caminando hacia el mismo sitio, pero la realidad social ya marcha por otra. El crecimiento del Frente Nacional no es un azar. Los políticos tratan de reaccionar adaptándose al terreno. Lo último fue ver al primer ministro Valls, que el año anterior había abierto institucionalmente el ramadán, reivindicar ahora el carácter inequívocamente cristiano de Francia. Quizá demasiado tarde.

Sea como fuere, lo que ha expuesto la candidata demócrata a la presidencia de los Estados Unidos es mucho más que una declaración de intenciones: es cabalmente el programa del nuevo orden mundial, que para imponerse sin grandes resistencias necesita, precisamente, derruir los arraigos culturales y las religiones tradicionales. Era inevitable que alguien terminara invocando la fuerza del Estado para ejecutar coercitivamente la operación. Hillary Clinton lo ha hecho. La izquierda europea, muy probablemente, se subirá al carro. Así veremos a nuestra izquierda respaldar la política mundialista en nombre del progreso. Las vueltas que da la vida…

© La Gaceta

Boletín 297: Prohibido decir “sobrepoblación”

Boletín 297: Prohibido decir “sobrepoblación”.

portada

Por Steve Mosher

El 11 de julio Naciones Unidas celebró la 26 edición del Día Mundial de la Población. El objetivo de este evento anual es recaudar dinero reciclando el mensaje alarmista sobre los peligros del crecimiento de la población mundial y luego usarlos para promover el aborto, la esterilización y la anticoncepción entre las mujeres pobres y vulnerables de países en desarrollo.

El problema con este discurso es que, en muchas regiones del mundo, la población no crece sino que inclusive está disminuyendo. Alrededor de la mitad de la población mundial vive en países “de baja fertilidad”, donde las mujeres en toda su vida tienen menos de 2,1 hijos en promedio. Los países de baja fertilidad incluyen ahora toda Europa (excepto Islandia), América (17 países), y la mayor parte de Asia (19 países). En la lista de países de baja fertilidad están China, Estados Unidos, Brasil, la Federación de Rusia, Japón y Vietnam.

Las tasas de crecimiento demográfico han disminuido drásticamente desde la década de 1960, cuando la población mundial creció a un ritmo de 2,1% cada año. Esa tasa es ahora aproximadamente un 1% al año. La proyección de la variante baja de la ONU (históricamente la más precisa) indica que llegaremos a un pico máximo de alrededor de 8,300 millones de personas en 2050. Incluso la variante de proyección media muestra que el crecimiento demográfico disminuirá a 0,1% a finales de siglo, y se volverá negativo más allá del 2100. En cualquier caso, la población del mundo nunca volverá a duplicarse como puede apreciarse en el gráfico que reproducimos a continuación.

cuadro

Las tasas de fertilidad han caído a sus mínimos históricos. La variante de proyección media de ONU estima que las mujeres tienen ahora un promedio de 2,45 hijos durante su vida reproductiva, mientras que la variante baja la fija en tan solo 2.05. El promedio global fue 4,97 hace sólo 60 años. Bajo cualquier variante, estas cifras estarán muy por debajo de reemplazo antes de fin de siglo. Después de todo, la tasa global de fecundidad necesaria para reemplazar la generación actual es de 2,23 hijos por mujer y con ello se evitaría el declive de la población.

Muchos países desarrollados ya están sufriendo los efectos de la disminución de la población. Las poblaciones en muchas áreas están envejeciendo rápidamente y las cohortes más jóvenes son cada vez más pequeñas. Los sistemas de seguridad social están al borde del colapso con cada vez menos trabajadores luchando para sostener a un creciente número de personas de edad avanzada.

En Japón, el aumento de la urbanización junto a la caída de las tasas de fecundidad ha dado lugar a un drástico despoblamiento de muchas ciudades y pueblos rurales. El crecimiento económico está en serio peligro ya que la oferta de trabajadores es cada vez más pequeña. Las personas de la tercera edad están siendo abandonadas por sus hijos únicos que a su vez han decidido no tener hijos en absoluto. Se trata simplemente que hay muy pocos miembros de la generación más joven para cuidar de los ancianos.

Europa también se está recuperando de los efectos de la disminución de la población. En Italia, Portugal, Polonia, Rusia y la mayor parte de Europa meridional y oriental, las tasas brutas de mortalidad superan las tasas brutas de natalidad. La tasa de fecundidad para toda Europa es de 1.58, muy por debajo de la tasa de fecundidad 2,09 reemplazo, receta contra el desastre demográfico.

Las tasas de crecimiento también han disminuido en muchos países en desarrollo. Tailandia, Myanmar y Túnez están todos por debajo del nivel de reemplazo de la fertilidad. Incluso en la que alguna vez fue fértil, Bangladesh, se prevé que caiga por debajo del umbral de reemplazo en 2020. La variante de proyección media de ONU predice que la población de Bangladesh comenzará a contraerse después de 2060, si consideramos la variante baja esto sucedería algunos años antes.

La política de planificación de nacimientos de China (un niño en las ciudades; dos en el campo) ha llevado su tasa de fecundidad a un insostenible 1,66, muy por debajo del estimado 2.22 que necesita para estabilizar su población. Las niñas siguen siendo abortadas o asesinadas al nacer en proporciones impactantes. Hay 116 niños nacidos en China por cada 100 niñas, una de las ratios más sesgadas del mundo. Millones de hombres chinos nunca se casarán.

A pesar de este panorama desolador, todavía hay quienes usan un lenguaje alarmista para abogar por los programas de control de la población.

Bajo la administración de Obama, el control de la población sigue siendo un objetivo clave de la ayuda exterior. En 2014, varias agencias del gobierno de Estados Unidos se gastaron 2,770 millones de dólares en “planificación familiar y salud reproductiva”, una suma de dinero que hace casi ridículos los otros gastos en salud, nutrición, abastecimiento de agua y saneamiento, paludismo, enfermedades pandémicas y cuidado de la salud en general.

Sólo el tema del VIH / SIDA recibió 3,420 millones de dólares, y gran parte de este dinero también fue a las organizaciones de control de población para fines de control de población. Los mismos dispositivos que supuestamente impiden la propagación del SIDA también evitan la “propagación del embarazo”.

Los gastos en salud materno-infantil llegaron a unos míseros 497 millones de dólares. A pesar que una de las maneras más seguras de reducir la fertilidad es bajar las tasas de mortalidad infantil.

USAID no exagera cuando dice que “ha sido el donante principal de la planificación familiar internacional desde hace más de 40 años… casi todos estos años ha contribuido con el 40-50% del total de los fondos aportados por todos los donantes.”

Dado que las tasas de natalidad están cayendo más y más rápido de lo que nadie imaginó que era posible hace tan solo un par de décadas, ¿qué es lo que viene haciendo ONU para que Estados Unidos y el resto del mundo puedan seguir poniendo dinero en combatir la superpoblación?

Cambiar el tema, eso es lo que hacen.

El discurso del “Día Mundial de la Población” de este año no es por supuesto “sobrepoblación”, sino “poblaciones vulnerables en situaciones de emergencia”. Esto no es nada más que un intento de explotar las condiciones trágicas y desesperadas de los millones de desplazados o amenazados por la guerra, desastre o el extremismo violento para recaudar fondos y usarlos después en control de la población.

Por supuesto, es cierto que UNFPA no tiene reparos en promover anticonceptivos y abortos en poblaciones vulnerables en su momento de mayor necesidad. Citando sus propias palabras: “UNFPA trabaja en situaciones de emergencia en todo el mundo para responder a los derechos y las necesidades de las mujeres y las niñas,… asegurar… la restauración de su acceso a los servicios de salud sexual y reproductiva”. http://www.un.org/es/events/populationday/

Los refugiados tienen una necesidad de extrema urgencia en casi todo. Por lo general, carecen de un lugar para vivir, alimentos, acceso a agua potable, atención de la salud y… la lista podría ser interminable.

Pero para el “Día Mundial de la Población” de este año, lo que ONU quiere darles es… control de la natalidad.