Cuando la Argentina dijo no al imperialismo demográfico

2014-08-28

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PoliticalPlus

Por Pablo Yurman
Cuando la argentina dijo no al imperialismo demográfico

Se cumplen 40 años de la celebración de la Conferencia Mundial de Población, auspiciada por la ONU y realizada, del 19 al 30 de agosto de 1974, en Bucarest, Rumania, con la asistencia de delegados de 149 países. En plena Guerra Fría, con el telón de fondo del enfrentamiento ideológico protagonizado, por un lado, por EEUU y sus aliados al frente del bloque liberal-capitalista, y, por el otro, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas a la cabeza de estados bajo sistemas marxistas-colectivistas, los “enemigos” se unieron para dejar en evidencia, inesperadamente, un nuevo (¿acaso el de siempre?) antagonismo: el Norte (rico y desarrollado) contra el Sur (pobre y subdesarrollado). La grey seguidora de Karl Marx y de Adam Smith dejaba a un lado sus diferencias para hacer frente común a un desafío emergente.

Como nos aclara la investigadora Susana Novick, la conferencia “convocada por el Consejo Económico y Social de Naciones Unidas, consideró las políticas y programas de acción necesarios, en materia de población, para promover el bienestar y el desarrollo de la humanidad; como así también los problemas demográficos fundamentales y su relación con el desarrollo económico y social. La importancia de ella residió en que fue la primera reunión sobre población que excedía los estrechos límites de la ciencia demográfica y se proponía acciones y políticas concretas a nivel mundial.”

El punto es que, con independencia de las buenas intenciones que surgirían de lo señalado, la Secretaría General de la Conferencia elaboró un Proyecto de Plan de Acción Mundial sobre Población, en base a documentos elaborados en las reuniones preparatorias que precedieron la Conferencia, instrumento que empezó a circular entre las delegaciones de los distintos países. El contenido del proyecto dejó en evidencia la ideología que inspiraba a los delegados de los países del Norte industrializado, sin importar que fueran capitalistas o marxistas, ya que en esto hubo sugestivas coincidentes (con excepciones como la de Cuba que votaría las propuestas de nuestro país) y sería severamente cuestionado por un grupo de países que, liderados por la posición argentina en la Conferencia, formularon numerosas enmiendas al proyecto lo que resultó, en los hechos, en la elaboración de un nuevo documento sobre otros ejes ideológicos completamente distintos a los de la Casa Blanca y el Kremlin.

Los países dominantes del Hemisferio Norte partieron de una premisa ideológica falsa originada en el maltusianismo, movimiento inspirado en las ideas del pastor anglicano Robert Malthus durante el siglo XIX según el cual “en el mundo no hay lugar suficiente para todos” y por tal motivo, como nos recuerda Novick, “la tendencia de todos los documentos fue mostrar como alarmante el crecimiento de la población y pregonar el control de la natalidad como solución ante los problemas de escasez de alimentos y bajo nivel de desarrollo de ciertos países. Sin embargo, los países del mundo considerados más pobres unieron sus esfuerzos en pos de conseguir que no se tratara de implementar una única solución ante un problema que, más que demográfico, era económico y social.”

POBRES, POBREZA, PREJUICIOS

Vale decir que de acuerdo a los documentos preparatorios que circularon entre las delegaciones, según la mirada del Norte ya industrializado, la ayuda al Sur subdesarrollado no pasaba, por dar sólo algunos ejemplos, por créditos blandos para infraestructura básica, desarrollos agrícolas, radicación de industrias, ayudas concretas en salud y educación, etc. No, la ayuda a los pobres pasaba, sola y exclusivamente, por repartir anticonceptivos y evitar el crecimiento poblacional. Es por esta razón que a partir de ese momento se comenzó a hablar de “imperialismo contraceptivo” o demográfico a esta curiosa, y por cierto racista, forma de entender la “ayuda” a los pobres. En otros términos, ante el dilema de una mesa con porciones de alimento limitadas, algunos de antemano tenían como único plan posible, la eliminación de comensales. Otros, en cambio, apostaban a tratar de ampliar la mesa sin eliminar comensales.

Fue entonces que los miembros de la comisión argentina, presidida por el Ministro del Interior, Benito Llambí, empezaron febriles negociaciones que incluyeron contactos con todos los países latinoamericanos y buena parte de los que entonces se agrupaban bajo los países No Alineados. La Argentina propuso, para sorpresa de los delegados norteamericanos más de sesenta enmiendas al borrador, que prácticamente lo convertían en otro documento distinto del pergeñado en la oficina oval de la Casa Blanca.

Los ejes de la contrapropuesta pasaban por los siguientes puntos: que la definición de políticas demográficas son parte de la soberanía propia de cada nación; que la superpoblación, como problema, es ajeno no sólo a nuestro país sino a todo el continente americano siendo, en cambio, un problema la mala distribución de la escasa población; que los procesos migratorios, convenientemente regulados, son fuente de riqueza y crecimiento para las sociedades y no al revés; finalmente, y quizás el punto más conflictivo en donde quedaba demostrado el choque de miradas antropológicas y filosóficas antagónicas, que las medidas que propone el Plan para superar las dificultades del alto crecimiento de población para los países en vías de desarrollo son todas de carácter limitativo de su población (anticonceptivos y de legalización del aborto), pero en cambio no se mencionan otras medidas de tipo económico, comercial y financiero que estas naciones han reclamado reiteradamente.

Como bien apunta la citada investigadora “Estados Unidos, el gran perdedor de esta Conferencia, se decidió por el control de los nacimientos y la planificación familiar; posiblemente confiaba en que el Plan no se modificaría, pero sucedió lo contrario. A pesar de la preparación y de los medios disponibles de su delegación, su falta de habilidad política fue clara y quedó muchas veces en posición desairada.”3

Quizás pronto llegaría la venganza para el jefe de la política exterior norteamericana, Henry Kissinger, quien dejaría sentado por escrito, en un documento del Departamento de Estado que sería desclasificado años más tarde, que los objetivos estratégicos puestos sobre la mesa en Bucarest no sufrirían modificación alguna en cuanto a que había que detener el crecimiento de la población de los países pobres y preservar, así, las reservas naturales para un club privilegiado de países. Sólo sería cuestión de cambiar la estrategia, sobre todo la comunicacional.

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One-Child Policy Drives Chinese Father of Four to Suicide

One-Child Policy Drives Chinese Father of Four to Suicide.

One-Child Policy Drives Chinese Father of Four to Suicide

Wang sacrifices his life to embarrass officials into letting his “illegal” children attend school

China’s draconian one-child policy has claimed many victims—hundreds of millions of unborn children have lost their lives, tens of thousands of women have died from botched abortions and sterilizations, and tens of thousands more have committed suicide to end the pain of late-term, forced abortions—but Wang Guangrong’s story is particularly tragic.

Chinese father driven to suicide over "family planning" fees Wang GuangrongWang, a 37-year old Chinese father of four, had long been persecuted by local government officials for daring to flout China’s restrictions against multiple children. He had been subjected to heavy fines, had his livestock confiscated, and his children declared to be non-persons.

Things came to a head when Wang sought to have his children, three daughters and one son, enrolled in the local school. Public education in China is free, at least up to junior high school, but local officials insisted that Wang pay another round of heavy fines before agreeing to admit his children. After the previous rounds of fines and punishments, Wang and his wife were destitute.

They had nothing left to give the government—except Wang’s life. Public suicides in protest of official wrongdoing have a long history in China. So Wang decided to end his life in the hope that this would shame local government officials into allowing his children to attend school. That way, they would have the chance at a better life that an education would provide them with.

A British newspaper, the Daily Express interviewed Wang’s wife, Wu Jinmin, who explained that her husband grew desperate after his children were denied schooling. “He couldn’t take it anymore,” said Wu. “‘What did we bring them into the world for, to be as dumb as cattle?’ he said to me. ‘I cannot see my children grow up uneducated.’ And then he cut his wrists.”

Wang’s sacrifice was not in vain. When the domestic and international press picked up on the story, local government officials were quick to engage in damage control. They promised to compensate his widow for the loss of her husband and even pledged to build a new house for her and the children.

We are glad that Wang’s widow and children will not be left to starve in the shadowy world that China’s illegal children occupy. But millions of other children of the shadows—“black” children, as they are called in China—have not been nearly as lucky. They have not just been abandoned by the Chinese state, they have been positively ostracized by a government which refuses to feed, house, clothe, or educate these lost children in any way.

One sees them begging on the streets, or working in sweatshops, or hawking cheap trinkets to passers-by, all in a desperate effort to survive. Their only crime is that they were born without official permission in a state where birth permits are mandatory.

None of this is any secret, of course. The Chinese people are constantly barraged with anti-natal propaganda, and are well aware of the extensive system of punishments that awaits those like Wang who violate the misnamed “family planning policy.” Everyone in China understands that having multiple children makes you—and your “black” children—enemies of the state.

We would not have predicted that the one-child policy would have endured this long, given its devastating effects on Chinese society. Suicides, forced abortions, sex-selection abortion—all are rampant in China. China’s bachelor population already numbers in the tens of millions, while its population of elderly is also in the tens of millions.

What kind of a government considers it a crime to bear too many children, and punishes those who do? What kind of a country leaves loving fathers like Wang Guangrong with no way to help his own children but to take his own life?